A CIELO ABIERTO EN ANDÉVALO AVENTURA

Gracias a Lorenzo, a Carmelo y a Marga por sus atenciones y su acogimiento.

Todos los días sale el sol. Podría resistirme a mirarlo pero estará ahí fuera para cuando quiera abrir mis ojos. Los abro ahora y veo cuánto hay a mi alrededor. No hay duda posible, estoy en el Andévalo. Esta tierra rojiza nunca lleva a confusión, sus pizarras se riegan como si fueran escamas en la piel; una piel curtida por el paso del tiempo implacable. Las suaves colinas y los cerros circundan el hospedaje de Andévalo Aventura en Santa Bárbara de Casa (Huelva).

Sentada en el porche de esta casa rural, trato de leer el paisaje compuesto de pinos, encinas, alcornoques y eucaliptos. Los primeros son los más abundantes. Llegaron aquí —tras las medidas repobladoras de las décadas de los cuarenta y cincuenta- para habitar una tierra sin vegetación abundante donde el monte bajo, compuesto por matorral de jara y breñas, le confieren un estrato arbustivo de verde intenso. El pino ha sido generoso. Ha crecido  y se ha acomodado a las pendientes cubriendo con sus hojas todos los senderos. El alcornoque y la encina son más rezagados. Tras décadas de continuo retroceso, hoy salpican el espacio a modo de testigos de otro tiempo en que fueron más numerosos, y conformaban el tradicional bosque mediterráneo en estas latitudes. Entre las manchas de arboledas, y alrededor de este hospedaje, se pueden observar antiguas dehesas o montes adehesados que encierran un pasado destinado a la cría y engorde de ganadería porcina. El cerdo ibérico y sus productos, al igual que en la mayor parte de la comarca, alcanzan la excelencia. El eucalipto también nos cuenta su historia. Algunos de los cerros que podemos divisar poseen el escalonado propio de las repoblaciones madereras. Hoy, son rodales testimoniales de una actividad económica en decadencia, y forman oasis como puntas de lanzas cuya altitud los delata. Los árboles, el agua que pasa en forma de arroyo y el embalse logran estremecer cada sentido. La tranquilidad de este espacio se hace presente con el canto de los pájaros, y en la noche las ranas comienzan su concierto cuando dejan pasar el aire a través de sus laringes.

En una mañana donde las nubes se han vestido de gris, tímidamente, sale el sol; abro mis ojos y me siento dichosa por respirar esta brisa que mece la copa de los árboles. Mientras espero la llegada de mi ahijado Manuel, mi hija trata de encender la chimenea en un intento por volver esta casa nuestro hogar, y lo consigue. Su corta edad no será inconveniente para entender que esta tierra nos acoge, y será para siempre.

©Patricia Chapela Cabrera

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